jueves, 4 de noviembre de 2010

Algo sobre la toma de decisiones

A partir de lo dicho por Jeffrey Pfeffer, respecto de que “en el momento en que tomamos una decisión no es factible conocer su resultado o consecuencia” me permito reflexionar sobre ese punto de la siguiente manera:

Partimos de la base de que una decisión es, sin dudas, una necesidad de elección entre dos o más alternativas o cursos de acción. Siendo así, quién toma una decisión, es decir, quién está optando por una alternativa, está descartando el resto de las posibilidades. En tal sentido, pareciera que hay una doble preocupación para el decisor. La primera es si el curso de acción elegido tendrá los beneficios esperados; la segunda, el hecho de saber que una vez tomada la decisión, se habrá descartado el resto de las posibles elecciones y sus potenciales resultados.

En base a lo dicho en el párrafo anterior, podemos decir que una decisión sí puede predecir algunas de sus consecuencias. Una de ellas es: lo que no será posible. Pensemos en alguien que debe decidir entre estudiar ciencias económicas o ingeniería y, opta por la primera alternativa. Sabe que esa decisión no le garantizará el título universitario en alguna rama de la economía pero, de lo que sí estará seguro, es que no se recibirá de ingeniero.
De la misma manera, en los negocios, quién decide entre producir o comprar a un tercero, sabe que si toma la primera opción, no tendrá que lidiar con un tercero. En consecuencia, hay mucha influencia de los efectos colaterales de las diferentes opciones, de los aspectos no deseados de una alternativa, los cuales influyen en la elección de otra. Esto es lo que comúnmente denominamos “el mal menor”.

En base a esto, se podría postular que: Una decisión guarda incertidumbre respecto de los posibles resultados de las opciones en consideración, pero tiene absoluta certeza de que, lo que está abandonando en su menú de opciones, no sucederá.

martes, 30 de marzo de 2010

¿Administradores u hombres de negocios?

A menudo, mucha gente que se encuentra con un licenciado en Administración, automáticamente aprovecha para comentarle sobre sus revolucionarias ideas de negocios o proyectos que tiene en mente; como quién consulta al oráculo de Delfos en búsqueda de una guía infalible. Muchas veces, lo que sobreviene en los rostros de quienes nos consultan sobre sus “brillantes” ideas, es la decepción. Tal vez porque todo estudioso de estos temas, lo que mejor aprende es a relativizar entusiasmos y a no creer demasiado en fórmulas que garanticen el éxito. ¿Entonces? ¿De qué sabe un licenciado en Administración si no sabe de fórmulas mágicas para los negocios?

Antes de contestar a esa pregunta, debo rescatar que he visto muchos de mis compañeros en épocas de estudiante en la Facultad, quiénes también se decepcionaban de lo poco que enseñaba nuestra casa de estudios sobre negocios y emprendimientos.

Con estas dos situaciones en mente, he reflexionado durante un buen tiempo sobre el rol del estudiante y del profesional de administración, y su relación con los negocios.

Mi primer posición respecto del tema, es que quién estudia administración no se habrá de transformar en un hombre de negocios, de la misma manera que un estudiante de Letras no necesariamente se convertirá en escritor. En una comparación con los deportes, podríamos decir que un estudiante de administración es como un estudiante de educación física. Muchos son excelentes deportistas claro está, pero no he visto demasiados medallistas olímpicos o futbolistas consagrados, que lo hayan hecho como fruto de estudiar educación física.

De lo que sí no han podido escapar los buenos deportistas, es de un profesor o un experto en los aspectos gimnásticos, que le sirva de preparador físico para explotar al máximo su talento. De la misma manera, los escritores siempre necesitan expertos que corrijan sus tropiezos gramaticales, a fin de expresar su arte en papel de la mejor manera.

En los negocios, como en la literatura o en el deporte, un licenciado en administración analiza las estructuras de las organizaciones; tanto en los aspectos técnicos como en los psicológicos o sociales, derivados de la interacción de tecnologías y personas que conforman esos sistemas tan particulares que llamamos empresas o instituciones.

A través del estudio de estos entes, se pueden encontrar modelos que explican e intentan predecir cuestiones que atañen a los niveles medios de la organización, o desarrollar técnicas que sirvan para cuestiones de índole operativo. Y a niveles estratégicos, si bien es difícil establecer modelos predictivos que sirvan para la Dirección, bien se pueden hallar explicaciones de la dinámica política intra-organizacional, o de análisis competitivo en un sector determinado.

A veces coincide que un estudiante o un profesional de Administración termina siendo un excelente hombre de negocios, pero no es condición necesaria, ni suficiente, que se deba estudiar en la facultad de Ciencias Económicas para llegar a ser un hombre de éxito en los negocios. Tal vez una Escuela de Negocios garantice mejor orientación en términos de negocios, pero a costa de sacrificar profundidad en el estudio de las raíces de la administración, raíces que no se pueden ver a niveles superficiales claro está.

Muchas veces vemos los anaqueles de las librerías, plagados de literatura referente a estrategia con los más imaginativos títulos: La estrategia de la cucaracha, la estrategia del sapo, la estrategia de las libélulas y todo bichito que pueda servir de metáfora; o si no, algún libro que pregunta por quién nos habrá robado el celular o un trozo de comida. En fin, libros destinados a la reflexión, constituyendo excelentes pasatiempos en los aeropuertos, pero que pocos contenidos científicos sostienen en sus modelos y prácticas a las que hacen referencia, sea de manera directa o indirecta. A veces es preferible completar crucigramas.

En definitiva, un estudiante de administración, puede ver lo que el hombre de negocios hace en forma intuitiva. Así como un deportista ejecuta sus movimientos sin pensar en que página del libro de anatomía dice como se comporta su musculatura al batear, saltar o patear un balón; el hombre de negocios hace de manera natural e intuitiva, aquellas cuestiones que le huelen correctas. Es indudable que el alto nivel de exigencia competitiva que existe hoy en día en los deportes y en los negocios, exige que alguien estudie y asesore a los deportistas o a los empresarios para optimizar sus estrategias y movimientos; dejando la autonomía a unos pocos iluminados que no necesitan de la ciencia, ni de los expertos, para lograr una increíble performance en lo que hacen. Tal es el caso de los empresarios leyenda como Mark Zuckerberg (Facebook) o deportistas cómo Diego Maradona o Hussain Bolt.

¿Y respecto de hacer negocios? Bueno, como le digo a veces a mis alumnos, para tener éxito en los negocios deben abandonar la Facultad, y desarrollar una muy buena idea en un garage (o comprársela a alguien por unos pocos dólares…) una vez que lo logren, no duden en llamar a un experto para que les explique cuanto de suerte o visión ha tenido en su negocio… ©

jueves, 31 de diciembre de 2009

El miedo como herramienta de motivación

Allá por el año 1992, cuando fui enrolado a las filas del ejército para cumplir con el servicio militar obligatorio, comencé a experimentar una de las herramientas de motivación más poderosa, peligrosa y destructiva de la psiquis humana: El miedo.
Recuerdo que una noche, en la que yo aún estaba lejos de hallar mi vocación por el estudio de las organizaciones, un oficial instructor nos dio una breve charla antes de iniciar una larga y extenuante ejecución de ejercicios vivos que intentarían quebrar nuestra moral (y nuestras rodillas), hasta que el más débil de nosotros confesara haber robado un walkman de uno de nuestros camaradas.
El joven oficial, caminando en medio del pasillo central que separaba las literas donde dormíamos nos dijo: “hay tres cosas que el hombre nunca va a poder superar, sea cual sea su raza, condición física o social y esas cosas son: la Sed, el Sueño y el Miedo.”
No filosofé demasiado aquella noche sobre lo que ese hombre nos dijo, y mucho menos mientras sufríamos el flagelo físico que llevaba ya cinco horas desde aquellas palabras, lo que sí recuerdo es que finalmente el walkman apareció…

Con los años pude ver en la vida civil, y particularmente en la de las organizaciones, que el miedo es un método utilizado por muchos managers para motivar a su gente, e inclusive entre actores del mismo nivel jerárquico, para lograr que otros actores hagan o dejen de hacer una determinada actividad, o que abandonen o adopten una determinada posición.
Stephen Robbins, en su obra Comportamiento Organizacional, clasifica las distintas fuentes de poder y entre ellas menciona el Poder Coercitivo. Ese es el poder que un actor percibe en otro que puede ejercer un castigo sobre él. Percibido de esa manera, quién lo posee puede ejercerlo teniendo en cuenta que el otro actor reaccionará de manera afín a sus intereses por “miedo a”…miedo a perder el trabajo, miedo a perder la confianza del jefe, miedo a perder credibilidad ante un público determinado o miedo a perder una posibilidad. Aquí el temor es a una acción potencial que difícilmente se traduzca a torturas físicas, pero indiscutiblemente sí sobre la psiquis del individuo, quién asume reacciones basadas en lo que su mente construye como posibles escenarios desfavorables futuros.

Siendo así, muchos hombres lideran su accionar en base a este mecanismo que, lejos de ser un método plausible, es inherente a la naturaleza de las relaciones humanas. No hay libros ni cursos de motivación que promuevan la utilización del temor como herramienta motivacional, no obstante, dependiendo del contexto, de la cultura organizacional y del sistema de antecedentes que relaciona a los actores, es factible verlo en su toda su dimensión. Desde mails con copia al jefe del otro, hasta reuniones donde se asienten en actas o minutas lo que se dice, o jefes que niegan un aumento de salarios, haciendo alusión a un mercado laboral lleno de personas que podrían reemplazar al que peticiona; vemos que esta herramienta, lejos está de desaparecer de la vida organizacional.
He visto y no dejo de ver situaciones o problemas que no se solucionan en una organización, sino hasta que se esgrimen amenazas directas o indirectas a los que deben resolver el tema.

Indudablemente lo ideal es que las personas se sientan motivadas positivamente a realizar una tarea determinada, pero los miles de intereses contrapuestos de los diferentes actores; intereses enfrentados por diferencias de percepción, por ambiciones personales, o simplemente por objetivos organizacionales divergentes, harán sobrevivir a esta forma de hacer que el otro haga algo, que de otra manera no haría.

Desde ya que hay otros métodos de ejercer poder e influencia sobre los demás, pero parece que el miedo, aunque impopular, goza del beneficio de la eficiencia, es decir, requiere el menor de los esfuerzos para quién lo aplica y eso es lo que lo vuelve altamente tentador. Sin embargo esta eficiencia y economía de aplicación en el corto plazo, puede traer perjuicios severos en el largo plazo ya que es un excelente generador de “enemigos”…©